sábado, 22 de mayo de 2010

~ Reencuentro ~



- Ese es mi nombre, no me lo gastes. – contestó el hombre que esperaba en el umbral de la puerta. - ¿Me vas a dejar pasar o me dejas aquí para que me congele? – cuestionó, con una sonrisa.
Hacía tanto que no le veía que casi se había olvidado de él, cosa no muy extraña en ella. Se apartó de su camino.
- Pasa. – le ofreció, volviendo al sofá. Se llevó el cigarro a los labios, escuchando como Ian entraba y cerraba la puerta detrás de él. Cogió su chupa y rebuscó de nuevo entre los bolsillos, sacando la cajetilla por tercera vez en una hora. - ¿Te apetece? – le ofreció, sacudiéndola delante de las narices de su acompañante.
Él extendió una mano, para sacar uno y se lo llevó a los labios.
- Por supuesto. – farfulló, sin entendérsele mucho por culpa del cigarro. - ¿Tienes…?
Antes de que acabara la frase Kaya ya estaba encendiéndoselo con una sonrisa, orgullosa de haberse adelantado a sus pensamientos, aunque fuera algo tan obvio. Volvió al sofá, meneando el trasero, obviamente tan solo para provocar, ella era así de adorable. Se dejó caer en él, mirándole.
- ¿Qué haces aquí? – preguntó, realmente con la duda. ¿Qué había venido a hacer por aquí? Al hacerse esa pregunta se estremeció, volviendo a pensar en el hombre al que había visto en la calle, callado como una tumba.
Por supuesto, Ian se percató de su extraño temblor, pero no preguntó, sabía que la chica le mentiría.
- He venido a verte, ¿No es obvio? – soltó, como si fuera lo más obvio del mundo, dándole una calada al cigarro, y dejándose caer en el sillón ubicado al lado del sofá. – Joder, pensé que tenías más gusto, este tono es horrible. – se carcajeó, observando la pintura de la pared, de un rojo intenso.
- Este color me hace sentir bien. – confesó ella, expulsando el humo hacia arriba, disfrutando. – No te quejes, podría haber sido peor, podría haberte dejado en la calle. – comentó, maliciosa.
- Si, podrías haberte comportado peor, seguro que estás colocada, si no ya estaría criando malvas en el asfalto. – bromeó él, con una risa entre dientes.
- Gilipollas. – soltó ella, pero riéndose también, y le tiró un cojín en la cara. – No me provoques Ian.
- Sabes que nunca has podido ganarme, no me provoques tú a mí. – le retó él, expulsando el humo en forma de anillos que se elevaron en el aire.
Kaya se incorporó, subiendo las piernas al sofá y entrecruzándolas, llevándose la colilla a la boca, dando la última calada a su cigarro, apurándola lo máximo posible. Después se estiró para aplastar la colilla en el cenicero de la mesita, en el que no cabía ni un alfiler. Expulsó el humo por la nariz, divertida por la situación.
- Así que has venido a verme… - no era una pregunta, si no una afirmación. – No se porque querrías ver a la colocada de tu amiga. – ríe, sarcástica por su propia broma.
Ian se incomoda, parece que le ha tocado algo la moral. Da una calada a su cigarro, nervioso, sin saber muy bien como explicarse.
- Me he metido en un lío. – confesó, apenas en un susurro, sujetándose la cabeza con la mano libre, cerrando los ojos.
Kaya se olió problemas, muchos jodidos problemas. Si Ian estaba preocupado de esa forma es que algo muy gordo iba a ocurrir.
- ¿Qué problemas Ian? Joder, me estás asustando. - dijo ella, no muy segura de lo que le iba a contestar él, imaginándose lo peor.
- Lo siento, ni siquiera tendría que estar aquí, no debería haberte metido a ti también en esto pero saben donde vivo, y no tenía donde caerme muerto, no puedo ir a mi casa… - intentó explicarse, atropelladamente.
- ¿Quiénes? Dímelo, Ian, ¿De quién coño hablas? – exigió ella, interrumpiéndolo.
Ian suspiró, sabía que no debería haber metido a la chica en esto, pero era la única persona en la que podía confiar.
- Una mafia. – susurró tan solo, aún nervioso.
Kaya se quedó congelada en el sitio, con los ojos muy abiertos, procesando la información que le acababan de dar. ¿Una mafia? ¿Pero que se había creído?
- ¡Joder Ian! – blasfemó, enfurecida. - ¿Te persigue la mafia y vienes a mi casa como si nada? ¿Y si alguien te estaba siguiendo? – de pronto cruzó por su mente la imagen del hombre que había visto en la calle, probablemente estarían esperando a que salieran de la casa para meterles a ambos un tiro entre ceja y ceja. – Al menos dime que tú no has tenido culpa de esto. – rogó, a punto de estallar y apuntándolo con un dedo.
Ian no respondió, claro que tenía la culpa él, si no no lo estarían persiguiendo como a un perro, vigilando todos sus movimientos. La chica negó con la cabeza, cerrando los ojos.
- Joder, ¿Sabes en el lío que me has metido por tu estupidez, Ian? – espetó ella, y ella que pensaba que esto era una visita de cortesía…
- Lo siento, pero es que eres la única persona en quien puedo confiar. – dijo él, arrastrándose de rodillas hasta ella, posando sus manos en sus piernas, esas calientes manos… Céntrate Kaya, se riñó a si misma, enfadada.
- Me da igual, haberte ido a meter debajo de un puente, no en mi casa. Encima la mafia, ¿No podías haberle hecho una putada a alguien con menos ansias homicidas y fáciles de provocar? – le espetó.
Ian apretó la mandíbula, furioso consigo mismo, y se llevó las manos al rostro. No dijo nada, pues no hacía falta que expresara la disculpa en palabras, se notaba lo arrepentido que estaba. Por una vez en su mierda de vida, Kaya, se apiadó de alguien, no quiso ni preguntarse porque, seguro que la respuesta no le gustaba lo más mínimo.
- Dormirás en el sofá. – espetó, levantándose de un salto, separándose de su contacto y caminando hacia la cocina, con los ojos cerrados con fuerza. No sabía que estaba haciendo, se estaba jugando la vida por él, cosa que no debía hacer, pero que haría de todas formas.
Se sobresaltó soberanamente al notar el tacto de la mano de Ian en el hombro, bendita camiseta, que le venía grande, demasiado y le dejaba el hombro al descubierto, hubiera sido un roce vacío a través de la tela. Cerró los ojos con más fuerza que antes, intentando alejar esos pensamientos de la cabeza, llevándose una mano a la boca, mordiéndose las uñas. Se dio la vuelta bruscamente, para fulminarlo con su mirada de hielo, y retrocedió, apoyándose en la encimera de la cocina, aferrándose a ella con las manos.
- ¿Qué? – espetó, cabreada.
Ian sonrió débilmente, observando su reacción, y se acercó un paso a la chica.
- Nada. – respondió tan solo, con voz monocorde, pero sin borrar la sonrisa.

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