viernes, 21 de mayo de 2010

~ Kaya ~



¿Para que moverse? Si se estaba jodidamente bien en el escalón. La bolsa de la basura reposaba a su lado tirada en el suelo de cualquier manera. La mejor excusa para salir a fumarse un cigarro, la bendita basura, no es que a Kaya le gustase hacer de basurera, que va, solo era que necesitaba su dosis diaria de nicotina. Podría decirse que era una adicta, pero siempre lo negaría, aún con un cigarro en la mano. En la calle hacía frío, y no se veía ni un alma, eso hubiera inquietado, al menos un poco, a cualquiera, pero no a Kaya, porque estaba relajada, fumándose el cigarro. No se tenía que esconder de nadie, vivía sola, pero se engañaba a si misma diciéndose que solo iba a fumar cuando saliera de casa, se pasaba sus propias normas siempre por alto, pero sentía la urgente necesidad de mentirse, y así no sentirse tan culpable. Dejó que el humo entrara en ella, hasta sus pulmones, y de allí expulsarlo hacia arriba, con los ojos cerrados. Cualquiera diría que estaba drogada, pero en ella las apariencias engañan, no estaba drogada, ella era así. Se terminó el cigarro con un suspiro, levantándose, en sus trece de que había hecho lo correcto, cuando en realidad sabía que no era así. Cogió la bolsa con rabia, sintiéndose estúpida por hacer esas tonterías a su edad, y recorrió los pocos pasos que le faltaban para llegar al contenedor. Lo destapó, intentando no respirar el hedor que desprendía, y tiró su propia basura dentro, cerrándolo inmediatamente. Había olido cosas peores, pero que se le va a hacer… Uno no tiene ganas todos los días de oler a mierda. Dio media vuelta, dispuesta a meterse en casa para fumarse otro cigarro, pero allí descubrió a un hombre, que la miraba como si la conociese, fijamente. Se lo quedó mirando, con cara de indiferencia y una ceja alzada.
- ¿Qué pasa? ¿Tengo monos en la cara? – le soltó, tan arrogante como pudo. Ese hombre no le daba miedo, ni el más mínimo, si él supiera… - Oye, si quieres una noche con final feliz lárgate a la esquina, allí trabajan las fulanas, no en mi casa. – escupió las palabras, antes de rodar los ojos y meterse en casa, dando un portazo.
Esperó unos segundos, quieta en el umbral de la puerta. ¿Por qué ese hombre no había mediado ni media palabra con ella? Intentó tranquilizarse, pensando para si misma que debía ser uno de esos gilipollas que no tienen donde caerse muertos. Caminó hasta la cocina, y por consiguiente hasta la ventana, apartando la cortina unos centímetros, para observar la calle, el hombre se había ido. “¿Pero que coño…?” maldijo para sus adentros, confusa. Buscó frenética la cajetilla de tabaco en su cazadora de cuero, junto con el mechero. Sacó un cigarrillo con dedos temblorosos y se lo llevó a los labios, accionando el encendedor metálico, que produjo su sonido característico, aquel que para Kaya significaba el preludio del placer, encendió el cigarro, ya un poco más relajada, y le dio la primera calada, intentando tranquilizarse del todo. Se dejó caer en el sofá, apoyando la cabeza en el respaldo, intentando olvidarse de esa cara que acababa de ver, probablemente en cinco minutos no se acordaría, eso esperaba. Encendió la tele sin ningún interés, por hacer algo, al menos mover el brazo. Allí estaba la tele-basura de nuevo, todos esos programas que te chupan el cerebro. No sabía ni porque tenía televisión, la única función que cumplía en su salón era criar polvo y servir de estantería en ocasiones, si, tal vez por eso la conservaba. Rió entre dientes, sarcástica, ¿Es posible que alguien conserve algo inservible solo porque hace función de estantería? Para ella si. Apagó el electrodoméstico, aborrecida, y miró al techo, sin poder distraerse demasiado, tan solo con las caladas de su cigarro. Cerró los ojos, subiendo los pies a la mesita auxiliar que había colocado en el centro de la sala, para eso, para apoyar los pies, aunque a veces le sirviera de otras formas muy diferentes, tal vez un día sirviera para hacer una hoguera, ¿Quién sabe? Se concentró en la colilla y en el humo que entraba y salía de su cuerpo, para después subir hacia arriba, fundiéndose con el ambiente. Estando tan concentrada se sobresaltó cuando alguien llamó frenéticamente a su puerta.
- Joder. – farfulló, enfadada.
Bajó los pies de la mesilla, incorporándose con parsimonia y caminando hasta la puerta. Sabía que no estaba presentable, había salido a tirar la basura en pijama, si a unos shorts y una camiseta con agujeros se le podía llamar de tal forma, pero no le importaba un comino. Ni se preocupó de mirar por la mirilla, abrió la puerta directamente. Lo que vio la hizo sonreír, y que ella sonriera por algo que no fuera su inofensiva locura era extraño.
- Ian. – dijo tan solo, apoyada en el marco de la puerta.

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