martes, 25 de mayo de 2010

~ Flashback ~





- … Entonces eso es todo por hoy, mañana quiero todas vuestras redacciones encima de mi mesa. – terminó Ian, bajando de la mesa de profesor de un salto, donde estaba sentado.
Los alumnos empezaron a recoger como si les fuera la vida en ello, y entretanto sonó el timbre que anunciaba que ya podían salir del aula. Ian caminó hasta detrás de su escritorio, y empezó a guardar los apuntes y libros en la maleta de cuero, con tranquilidad, sabía que ahora se iría a tomar un café mientras duraba el recreo, después tendría guardia, y como no había faltado ningún profesor podría pasarse una hora más en la cafetería. Haciendo estas importantísimas reflexiones no se percató que una de sus alumnas recogía más despacio que los demás, retrasando el momento de la salida ¿Querría hablar con él? Ian levantó la vista de los múltiples papeles que estaba guardando, observándola, mientras el último alumno salía del aula alzando una mano a modo de despedida. La alumna seguía sentada en su pupitre, mirando fijamente a su profesor.
- ¿Quieres algo, Evangeline? – preguntó él, sereno.




La chica apartó la mirada, aferrándose a la mochila. Ian levantó una ceja, extrañado, y se acercó a ella, sentándose en el pupitre de al lado, la mesa no estaba demasiado alta, así que no necesito dar un salto, como con su mesa.
- Sabes que puedes contarme lo que quieras ¿No? – propuso él, tal vez la chica tenía un problema y no sabía con quien hablar.
Ella negó con la cabeza, volviendo a mirarle segundos después. Abrió la boca para hablar, pero tardó unos segundos en hacerlo.
- Es que… Usted sabe que tengo novio ¿Verdad? – preguntó, y él dedujo que sin ese detalle no entendería la historia.
Asintió con la cabeza.
- Te he visto con Chad, es un buen chico. – afirmó, para que continuara. Entrelazó los dedos, esperando a la chica.
- Pues… Yo le quiero… Pero… - la chica se quedó callada, bajando la mirada al suelo.
“¿Por qué me está contando esto?” pensó Ian.
- ¿Pero? – la animó a continuar.
- Pero hay otra persona. – terminó ella, subiendo la mirada hasta la suya, como queriendo evidenciar algo, pero él no cogió la idea.
- Bueno, no soy muy buen consejero en estas cosas, pero tal vez deberías hablar con él. – se encogió de hombros, nunca había tenido una charla como esa con nadie, no era un maestro en esto del amor, había tenido muy pocas relaciones, y todas duraban menos de un mes.
La chica suspiró, suponiendo que su profesor no la había entendido bien.
- El caso es… Que no puedo estar con esa otra persona. – intentó explicarle, sin decirle nada directamente.
- ¿Qué ocurre? ¿El chico ese tiene novia? – y él tan tozudo, sin querer ver la realidad.
La chica se levantó de golpe, molesta, provocando que sus cabellos flamígeros se movieran.
- No, es mi profesor de historia. – soltó, antes de coger su mochila con brusquedad y salir del aula dando un portazo.
Ian se quedó parado en el sitio, ahora si que entendía muchas cosas, demasiadas. Tardó unos segundos en reaccionar como era debido, saltando de encima de la mesa, dejando allí su maleta y corriendo hasta la puerta, abriéndola y saliendo al pasillo a toda prisa, sin percatarse de que los alumnos lo miraban mal. Buscó por entre la gente la pelirroja melena de la chica, pero ya se había marchado. Dio una patada en el suelo, enfurecido consigo mismo, por no haber sido lo bastante rápido y por haber permitido que pasara eso.

domingo, 23 de mayo de 2010

~ Empezar otra vez ~






- Borra esa sonrisa de estúpido de la cara, no creo que debas estar contento cuando están a punto de mandarte al otro barrio de una patada en el culo. – espetó ella, inclinándose hacia delante para conseguir más énfasis en sus palabras. – No me jodas, como sea mentira y estés aquí por otros intereses te meteré el puño por la boca. – volvió a escupir las palabras, furiosa.
Ian negó con la cabeza, hundido.
- No, es verdad lo que te he contado. – le aseguró, no muy contento de tener que recordar el motivo por el cual había tocado la puerta de la chica. – Ojalá pudiera cambiar lo que hice… - susurró.
- ¡Que fue lo que hiciste Ian? – preguntó Kaya, volviendo a llevarse una mano a la boca, nerviosa, no sabía si quería saberlo del todo. – Seguro que metiste la pata como un estúpido. – aventuró, pero en realidad sabiendo que eso era lo que había pasado, que había metido la pata.
- Podemos dejarlo en que estaba en el lugar equivocado, el momento equivocado. – no dijo nada más, ninguna otra explicación salió de entre sus labios, y ella empezó a desesperarse.
- ¿Qué fue lo que viste que no tenías que ver? – cuestionó, interrogante, no quería tenerle metido en su casa sin saber porque razón.
- No voy a decírtelo, cuanto menos sepas mejor, no quiero meterte en más problemas. – susurró él, apartando la mirada, sabía que si miraba esos profundos ojos azules terminaría por soltarlo.
- El problema es que estoy metida en este jodido lío hasta el cuello, ya no puedo volverme atrás, por tu culpa. – le señaló con el dedo, empujando su pecho amenazadoramente con él.
Esperó unos segundos, pero Ian no soltaba prenda, se había quedado mudo. Resopló, fastidiada.
- Haz lo que te salga de las narices. – espetó, pasando por su lado y empujando su hombro con el suyo, pretendiendo hacerle daño, pero más se hizo ella.
Sus pasos se aceleraron, y fue en busca de su chaqueta de cuero, se la puso y salió a la calle, a la fría noche. El rocío lo inundaba todo, y se notaba en la humedad del ambiente. Entornó la puerta, no era tan tonta como para quedarse encerrada fuera de casa, y se sentó en el escalón, confusa. Rebuscó por cuarta vez en sus bolsillos, pero lo dejó estar, estaba asqueada por la situación, y por la estúpida decisión de Ian, y el extraño hecho de estar ayudándolo, cuando no tendría que ser así, de ninguna manera. Dejó el tabaco en paz, metiendo la mano en uno de los bolsillos interiores de la cazadora, sacando de él un porro, porque le apetecía, y punto. Se lo llevó a los labios, encendiéndolo con el mechero, escuchando de nuevo el crujido de la piedra en su mecanismo, y aspirando el humo, esta vez con más ansias, quería olvidarse de lo que acababa de pasar, estar lejos de ahí y mandar a Ian a la mierda, a todo el mundo. Escuchó la puerta detrás de ella, no hizo falta que se girara para saber de quien se trataba.
- Vete a la mierda, métete en un agujero oscuro y profundo y no salgas nunca más. – le murmuró, con voz monocorde, no hacía falta alzar la voz para apreciar la gravedad de sus palabras.
Se escuchó un profundo suspiro, producido por el muchacho, que sentó a su lado.
- Créeme, me gustaría mucho hacer eso. ¿Me das una calada? – pidió, notándose algo de nerviosismo en su voz.
- Siempre fuiste un desesperado, jódete. – escupió ella. - ¿Qué pasa? ¿No tienes pelas para comprarte la maría? Yo no tengo la culpa. – se encogió de hombros, muy adorable ella.
Ian suspiró, guardándose las maldiciones para él solo, apretando los labios para que no se le escapara ninguna. Kaya dio una calada, para luego expulsar el humo en dirección al rostro de su acompañante, con una risa sádica. Él la había puesto en un aprieto, pues ella le iba a poner las cosas más difíciles. El muchacho resopló, fastidiado.
- Lo haces para hacerme rabiar ¿Verdad? – preguntó, aunque retóricamente.
- Si, deberías saber a estas alturas que si alguien me jode yo le jodo a él también. – sonrió, orgullosa de nuevo por ser tan ocurrente.
Dio una calada al porro, disfrutando su sabor y como la llenaba por dentro. Se levantó, dándole unas palmaditas a Ian en el hombro, soltando una carcajada por lo bajo. Entró de nuevo en la casa, satisfecha al ver que él no la seguía, se acercó al equipo de música, con parsimonia, tal vez demasiada, parecía que la droga empezaba a hacer efecto. Buscó un disco en particular, Thirteen step de Perfect Circle, lo introdujo en el aparato, que era el único que no criaba polvo en esa casa, pues era el que más solía utilizar. Cuando la minicadena leyó el CD apretó diez veces el botón de adelantar, para poder escuchar la canción que correspondía a ese número, la melodía de Pet empezó a sonar, y satisfecha volvió a su sitio en el escalón, desde el que se escuchaba con total claridad la música.
- Que recuerdos con esta canción. – susurró Ian, que no se había movido del sitio.
- Si, tal vez demasiados. – dijo ella, arrogante, sacudiendo el porro un par de veces para que la ceniza sobrante cayera al suelo.
Él suspiró, seguramente recordando todo lo que había pasado con esa canción, una de las favoritas de Kaya, sin duda.
- ¿Qué piensas hacer, Ian? – preguntó ella, despreocupada.
El chico se pensó la respuesta, cinco segundos.
- No lo se, supongo que esconderme hasta que se olviden de mi. – aventuró, no muy seguro de sus palabras.
- Sabes que eso no va a ocurrir, te encontrarán y a mi contigo. – le hizo entender ella, dándole la última calada al porro y tirándolo al suelo, aplastándolo con el pie.
- ¡¿Pero que querías que hiciera?! ¡Yo no tengo la culpa de haber estado donde no debía y…! – empezó él, pero Kaya lo interrumpió.
- ¡Cállate la boca, Ian! ¡Me has metido en un lío y además no quieres admitir que ha sido culpa tuya! ¡Venga ya! ¡Uno no ve operaciones secretas de la mafia si no quiere! – le gritó, provocando que una vieja se asomara a la ventana de la casa de enfrente.
- ¡Si queréis gritar de ese modo cogéis el coche y salís de la ciudad, que hay gente que quiere dormir! – les regañó, antes de volver a cerrar la ventana y apagar la luz.
Kaya escupió al suelo, pero si hubiera estado al lado de la vieja en cuestión el escupitajo hubiera terminado en su cara. Cogió a Ian del brazo y lo arrastró hasta dentro de la casa, no tenía la fuerza suficiente, pero que él se levantara y caminara detrás de ella ayudaba bastante. Lo tiró en el sofá, sin ningún miramiento, obviamente él se dejó caer, sorprendido, y se dirigió a la cocina de nuevo, resoplando.
- Estúpido, cabeza hueca… - farfulló, buscando algo para comer, tenía hambre.
Sintió los pasos de Ian de nuevo tras los suyos, y se giró con rapidez para decirle que se metiera en sus asuntos, y si seguía insistiendo lo echaría y problema resuelto, pero la cara de tristeza que exhibía él le impidió abrir la boca para decir nada, tan solo pudo observarle, y pensar por primera vez que era lo que le había llevado a formar parte de esa vida, como había llegado a vivir así. Ian nunca hablaba de su pasado, de todas formas Kaya nunca había sido de las que se meten en asuntos ajenos, más que nada para que la situación fuera recíproca y nadie metiera las narices en los suyos. Le fulminó con la mirada, de forma más dulce de lo que hubiera querido, pero en ese momento no le salía estar enfadada, no viendo esa expresión. La chica supuso que por una vez que preguntara no pasaría nada, para todo había siempre una primera vez. Abrió la boca para formular la pregunta, pero tardó unos segundos en hacerlo.
- ¿Qué te pasó, Ian? – pregunta, esperando que él comprenda a que se refiere, pero la cara de tristeza del muchacho se borra y aparece extrañeza, no sabe de que le habla. – Quiero decir… Una persona no lleva esta vida por gusto. – intentó explicarse, metiéndose también a ella en el saco.
Ian frunció los labios y cerró los ojos con fuerza, mientras los recuerdos lo atacaban.

sábado, 22 de mayo de 2010

~ Reencuentro ~



- Ese es mi nombre, no me lo gastes. – contestó el hombre que esperaba en el umbral de la puerta. - ¿Me vas a dejar pasar o me dejas aquí para que me congele? – cuestionó, con una sonrisa.
Hacía tanto que no le veía que casi se había olvidado de él, cosa no muy extraña en ella. Se apartó de su camino.
- Pasa. – le ofreció, volviendo al sofá. Se llevó el cigarro a los labios, escuchando como Ian entraba y cerraba la puerta detrás de él. Cogió su chupa y rebuscó de nuevo entre los bolsillos, sacando la cajetilla por tercera vez en una hora. - ¿Te apetece? – le ofreció, sacudiéndola delante de las narices de su acompañante.
Él extendió una mano, para sacar uno y se lo llevó a los labios.
- Por supuesto. – farfulló, sin entendérsele mucho por culpa del cigarro. - ¿Tienes…?
Antes de que acabara la frase Kaya ya estaba encendiéndoselo con una sonrisa, orgullosa de haberse adelantado a sus pensamientos, aunque fuera algo tan obvio. Volvió al sofá, meneando el trasero, obviamente tan solo para provocar, ella era así de adorable. Se dejó caer en él, mirándole.
- ¿Qué haces aquí? – preguntó, realmente con la duda. ¿Qué había venido a hacer por aquí? Al hacerse esa pregunta se estremeció, volviendo a pensar en el hombre al que había visto en la calle, callado como una tumba.
Por supuesto, Ian se percató de su extraño temblor, pero no preguntó, sabía que la chica le mentiría.
- He venido a verte, ¿No es obvio? – soltó, como si fuera lo más obvio del mundo, dándole una calada al cigarro, y dejándose caer en el sillón ubicado al lado del sofá. – Joder, pensé que tenías más gusto, este tono es horrible. – se carcajeó, observando la pintura de la pared, de un rojo intenso.
- Este color me hace sentir bien. – confesó ella, expulsando el humo hacia arriba, disfrutando. – No te quejes, podría haber sido peor, podría haberte dejado en la calle. – comentó, maliciosa.
- Si, podrías haberte comportado peor, seguro que estás colocada, si no ya estaría criando malvas en el asfalto. – bromeó él, con una risa entre dientes.
- Gilipollas. – soltó ella, pero riéndose también, y le tiró un cojín en la cara. – No me provoques Ian.
- Sabes que nunca has podido ganarme, no me provoques tú a mí. – le retó él, expulsando el humo en forma de anillos que se elevaron en el aire.
Kaya se incorporó, subiendo las piernas al sofá y entrecruzándolas, llevándose la colilla a la boca, dando la última calada a su cigarro, apurándola lo máximo posible. Después se estiró para aplastar la colilla en el cenicero de la mesita, en el que no cabía ni un alfiler. Expulsó el humo por la nariz, divertida por la situación.
- Así que has venido a verme… - no era una pregunta, si no una afirmación. – No se porque querrías ver a la colocada de tu amiga. – ríe, sarcástica por su propia broma.
Ian se incomoda, parece que le ha tocado algo la moral. Da una calada a su cigarro, nervioso, sin saber muy bien como explicarse.
- Me he metido en un lío. – confesó, apenas en un susurro, sujetándose la cabeza con la mano libre, cerrando los ojos.
Kaya se olió problemas, muchos jodidos problemas. Si Ian estaba preocupado de esa forma es que algo muy gordo iba a ocurrir.
- ¿Qué problemas Ian? Joder, me estás asustando. - dijo ella, no muy segura de lo que le iba a contestar él, imaginándose lo peor.
- Lo siento, ni siquiera tendría que estar aquí, no debería haberte metido a ti también en esto pero saben donde vivo, y no tenía donde caerme muerto, no puedo ir a mi casa… - intentó explicarse, atropelladamente.
- ¿Quiénes? Dímelo, Ian, ¿De quién coño hablas? – exigió ella, interrumpiéndolo.
Ian suspiró, sabía que no debería haber metido a la chica en esto, pero era la única persona en la que podía confiar.
- Una mafia. – susurró tan solo, aún nervioso.
Kaya se quedó congelada en el sitio, con los ojos muy abiertos, procesando la información que le acababan de dar. ¿Una mafia? ¿Pero que se había creído?
- ¡Joder Ian! – blasfemó, enfurecida. - ¿Te persigue la mafia y vienes a mi casa como si nada? ¿Y si alguien te estaba siguiendo? – de pronto cruzó por su mente la imagen del hombre que había visto en la calle, probablemente estarían esperando a que salieran de la casa para meterles a ambos un tiro entre ceja y ceja. – Al menos dime que tú no has tenido culpa de esto. – rogó, a punto de estallar y apuntándolo con un dedo.
Ian no respondió, claro que tenía la culpa él, si no no lo estarían persiguiendo como a un perro, vigilando todos sus movimientos. La chica negó con la cabeza, cerrando los ojos.
- Joder, ¿Sabes en el lío que me has metido por tu estupidez, Ian? – espetó ella, y ella que pensaba que esto era una visita de cortesía…
- Lo siento, pero es que eres la única persona en quien puedo confiar. – dijo él, arrastrándose de rodillas hasta ella, posando sus manos en sus piernas, esas calientes manos… Céntrate Kaya, se riñó a si misma, enfadada.
- Me da igual, haberte ido a meter debajo de un puente, no en mi casa. Encima la mafia, ¿No podías haberle hecho una putada a alguien con menos ansias homicidas y fáciles de provocar? – le espetó.
Ian apretó la mandíbula, furioso consigo mismo, y se llevó las manos al rostro. No dijo nada, pues no hacía falta que expresara la disculpa en palabras, se notaba lo arrepentido que estaba. Por una vez en su mierda de vida, Kaya, se apiadó de alguien, no quiso ni preguntarse porque, seguro que la respuesta no le gustaba lo más mínimo.
- Dormirás en el sofá. – espetó, levantándose de un salto, separándose de su contacto y caminando hacia la cocina, con los ojos cerrados con fuerza. No sabía que estaba haciendo, se estaba jugando la vida por él, cosa que no debía hacer, pero que haría de todas formas.
Se sobresaltó soberanamente al notar el tacto de la mano de Ian en el hombro, bendita camiseta, que le venía grande, demasiado y le dejaba el hombro al descubierto, hubiera sido un roce vacío a través de la tela. Cerró los ojos con más fuerza que antes, intentando alejar esos pensamientos de la cabeza, llevándose una mano a la boca, mordiéndose las uñas. Se dio la vuelta bruscamente, para fulminarlo con su mirada de hielo, y retrocedió, apoyándose en la encimera de la cocina, aferrándose a ella con las manos.
- ¿Qué? – espetó, cabreada.
Ian sonrió débilmente, observando su reacción, y se acercó un paso a la chica.
- Nada. – respondió tan solo, con voz monocorde, pero sin borrar la sonrisa.

viernes, 21 de mayo de 2010

~ Kaya ~



¿Para que moverse? Si se estaba jodidamente bien en el escalón. La bolsa de la basura reposaba a su lado tirada en el suelo de cualquier manera. La mejor excusa para salir a fumarse un cigarro, la bendita basura, no es que a Kaya le gustase hacer de basurera, que va, solo era que necesitaba su dosis diaria de nicotina. Podría decirse que era una adicta, pero siempre lo negaría, aún con un cigarro en la mano. En la calle hacía frío, y no se veía ni un alma, eso hubiera inquietado, al menos un poco, a cualquiera, pero no a Kaya, porque estaba relajada, fumándose el cigarro. No se tenía que esconder de nadie, vivía sola, pero se engañaba a si misma diciéndose que solo iba a fumar cuando saliera de casa, se pasaba sus propias normas siempre por alto, pero sentía la urgente necesidad de mentirse, y así no sentirse tan culpable. Dejó que el humo entrara en ella, hasta sus pulmones, y de allí expulsarlo hacia arriba, con los ojos cerrados. Cualquiera diría que estaba drogada, pero en ella las apariencias engañan, no estaba drogada, ella era así. Se terminó el cigarro con un suspiro, levantándose, en sus trece de que había hecho lo correcto, cuando en realidad sabía que no era así. Cogió la bolsa con rabia, sintiéndose estúpida por hacer esas tonterías a su edad, y recorrió los pocos pasos que le faltaban para llegar al contenedor. Lo destapó, intentando no respirar el hedor que desprendía, y tiró su propia basura dentro, cerrándolo inmediatamente. Había olido cosas peores, pero que se le va a hacer… Uno no tiene ganas todos los días de oler a mierda. Dio media vuelta, dispuesta a meterse en casa para fumarse otro cigarro, pero allí descubrió a un hombre, que la miraba como si la conociese, fijamente. Se lo quedó mirando, con cara de indiferencia y una ceja alzada.
- ¿Qué pasa? ¿Tengo monos en la cara? – le soltó, tan arrogante como pudo. Ese hombre no le daba miedo, ni el más mínimo, si él supiera… - Oye, si quieres una noche con final feliz lárgate a la esquina, allí trabajan las fulanas, no en mi casa. – escupió las palabras, antes de rodar los ojos y meterse en casa, dando un portazo.
Esperó unos segundos, quieta en el umbral de la puerta. ¿Por qué ese hombre no había mediado ni media palabra con ella? Intentó tranquilizarse, pensando para si misma que debía ser uno de esos gilipollas que no tienen donde caerse muertos. Caminó hasta la cocina, y por consiguiente hasta la ventana, apartando la cortina unos centímetros, para observar la calle, el hombre se había ido. “¿Pero que coño…?” maldijo para sus adentros, confusa. Buscó frenética la cajetilla de tabaco en su cazadora de cuero, junto con el mechero. Sacó un cigarrillo con dedos temblorosos y se lo llevó a los labios, accionando el encendedor metálico, que produjo su sonido característico, aquel que para Kaya significaba el preludio del placer, encendió el cigarro, ya un poco más relajada, y le dio la primera calada, intentando tranquilizarse del todo. Se dejó caer en el sofá, apoyando la cabeza en el respaldo, intentando olvidarse de esa cara que acababa de ver, probablemente en cinco minutos no se acordaría, eso esperaba. Encendió la tele sin ningún interés, por hacer algo, al menos mover el brazo. Allí estaba la tele-basura de nuevo, todos esos programas que te chupan el cerebro. No sabía ni porque tenía televisión, la única función que cumplía en su salón era criar polvo y servir de estantería en ocasiones, si, tal vez por eso la conservaba. Rió entre dientes, sarcástica, ¿Es posible que alguien conserve algo inservible solo porque hace función de estantería? Para ella si. Apagó el electrodoméstico, aborrecida, y miró al techo, sin poder distraerse demasiado, tan solo con las caladas de su cigarro. Cerró los ojos, subiendo los pies a la mesita auxiliar que había colocado en el centro de la sala, para eso, para apoyar los pies, aunque a veces le sirviera de otras formas muy diferentes, tal vez un día sirviera para hacer una hoguera, ¿Quién sabe? Se concentró en la colilla y en el humo que entraba y salía de su cuerpo, para después subir hacia arriba, fundiéndose con el ambiente. Estando tan concentrada se sobresaltó cuando alguien llamó frenéticamente a su puerta.
- Joder. – farfulló, enfadada.
Bajó los pies de la mesilla, incorporándose con parsimonia y caminando hasta la puerta. Sabía que no estaba presentable, había salido a tirar la basura en pijama, si a unos shorts y una camiseta con agujeros se le podía llamar de tal forma, pero no le importaba un comino. Ni se preocupó de mirar por la mirilla, abrió la puerta directamente. Lo que vio la hizo sonreír, y que ella sonriera por algo que no fuera su inofensiva locura era extraño.
- Ian. – dijo tan solo, apoyada en el marco de la puerta.